1 de agosto de 2026
Opinion

Las muertes del Tren Maya

Es innegable que el Tren Maya ha cobrado vidas. Quienes habitamos cerca de los estados donde se construye esta vía ferroviaria de más de 1,500 kilómetros somos testigos de las muertes que está dejando a su paso la obra del Tren Maya, así como de la devastación que está provocando en la selva maya del sureste mexicano. Si bien toda obra de infraestructura tiene un impacto ambiental, el Tren Maya no es la excepción, aunque esto no lo justifica.

«La tragedia cultural del siglo XXI. El Tren Militar», como lo denominó el arqueólogo Fernando Cortés de Brasdefer, refleja la preocupación ante la magnitud de la obra. Cortés de Brasdefer, si bien no está en contra del proyecto del presidente Andrés Manuel López Obrador, lamenta la rapidez con la que se está llevando a cabo, lo que ha dejado desprotegidos miles de monumentos arqueológicos en la ruta. Declaraciones que no fueron muy del agrado por parte del INAH a nivel nacional. El arqueólogo, con más de cuatro décadas de experiencia y descubrimientos arqueológicos importantes, señaló: “Sería un grave error dejar atrás la solución de los problemas económicos que arrastra por años todo el país, para atender únicamente el sureste con tanta opulencia, y específicamente con el Tren Maya”. Por estas declaraciones ha recibido amenazas.

A la par, llegan los accidentes de tránsito en las carreteras por donde viajan las vías del Tren Maya, como son en los estados de Campeche, Yucatán, Chiapas y Quintana Roo, que son frecuentes, en su mayoría causados por los cientos de camiones que transportan materiales de construcción para la obra. Los choferes, sometidos a largas jornadas laborales debido a la prontitud de la obra, corren el riesgo de quedarse dormidos al volante, causando accidentes fatales, que ya han cobrado muchas vidas. Además, la falta de experiencia de los obreros llegados de otros estados de la república ha resultado en tragedias evitables, con personas aplastadas por vigas o estructuras colapsadas, hasta los que se internan en la selva para devastarla y mueren por alguna picadura de serpiente, o por alguna intoxicación derivada de los árboles que se encuentran en la selva maya, para muchos de no muy fácil acceso.

Detrás de los titulares internacionales y nacionales, así como de promesas de desarrollo económico en las regiones más desprotegidas del sureste mexicano, se esconden historias de familias desamparadas por la pérdida de seres queridos que han dejado su último aliento de vida en esta obra. Quienes ya viajan en estos vagones, lo hacen sobre vías que ya fueron manchadas por la sangre de estos, estas son las vidas perdidas durante la construcción del Tren Maya, cuyos nombres desconozco, pero que hoy me hacen escribir en memoria de ellos.

Este pequeño y último descarrilamiento, en la estación Tixkokob, en Yucatán, mientras se dirigía de Campeche a Cancún, si bien no dejó lesionados ni daños adicionales a la infraestructura, nos lleva a confrontar una realidad dolorosa. Que el gobierno de México trató de minimizar lo más que pudo, debería ser un llamado de atención. Es momento de detenernos y reflexionar sobre las consecuencias de una obra de tal magnitud realizada en un tiempo récord. Cada vida perdida es una tragedia evitable. Es hora de valorar la seguridad y la vida por encima de cualquier otra consideración, aún estamos a tiempo.

Es fundamental recordar a quienes perdieron la vida, directa o indirectamente, en la construcción del Tren Maya. Sus sacrificios no deben ser olvidados, y su memoria nos invita a reflexionar sobre la urgencia de priorizar la seguridad y la vida en cualquier proyecto de desarrollo. Aprendamos de estas tragedias para evitar que se repitan en el futuro.

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