Que indefensos somos ante la terrible ola de violencia que prevalece actualmente en nuestra capital, nada ni nadie puede minimizar que lo que ocurre es verdaderamente grave, que NO es una “percepción de la violencia” es una muy lamentablemente realidad.
No estamos habituados a convivir y evadir actos donde nuestra integridad física está comprometida, presumimos por décadas de vivir en un paraíso de tranquilidad y seguridad que hoy desconocemos todos.
Nos pega porque lamentablemente ya son cercanos, los conocemos, ese es Chetumal del que todos damos cuenta, por eso la pesadumbre.
Por mucho tiempo estuve convencida que quienes eran atacados de esas formas tan violentas era resultado de su forma de vida, por lo tanto meritorio. Sin dejar fuera que la hipótesis tiene lógica, también es verdad que hay quienes con la finalidad de crecer económicamente, se atreven a emprender y con ello, abren la posibilidad de ser extorsionados y si no se responde favorablemente ante las solicitudes de derecho de piso, poder perderlo todo y con todo me refiero a la vida.
Autos con gente no propia de nuestras tierras, cargando armas de grueso calibre, transitando por nuestra ciudad, topándose de frente con nosotros, nuestros familiares o amigos es ya una espantosa realidad.
Nunca como hoy hay miedo, miedo de verdad, nos hemos tenido que autoexiliar en nuestros hogares porque no queremos encontrarnos en el lugar equivocado a la hora equivocada y ser una estadística mas.
Despersonalizados y totalmente a la deriva hoy no vemos por ningún lado a autoridad alguna que nos explique lo inexplicable, que nos dé la certeza de que al menos se están esforzando por parar este alud de violencia.
No queremos habituarnos a vivir así, lo sé porque no hay otro tema de conversación en ningún lado, por que nos duele la sangre y las lágrimas de familias que son conocidas de muchos. No queremos vivir cuidándonos de la calle por la que transitamos, de la gente con la que hablamos o con la que convivimos. Porque el chetumaleño hasta hace unas semanas era el que confiado hacía ejercicio por el boulevard, o permitía a sus hijos volver solos a casa después de la escuela o descansaba en el patio de su casa por la tarde, hoy nada de eso suena como un buen plan.
La noche ya no es la única donde se esconden los que nos dañan, ya la luz del día también resulta buen momento para hacer lo suyo y con nosotros en medio.
Y mientras tanto ahí están las campañas con muchos de los que ya han tenido su oportunidad y que hoy se transparenta lo que han dejado de hacer para tener el panorama que tenemos.
